Siempre me pregunté qué sentiría al morir. Si es que había algo por sentir.
La certeza de mi viaje inminente llegó como una madre en medio de la noche, que arropa a su hijo para que descanse mejor.
Uno, cuando se acerca al final, va descubriendo las respuestas casi imperceptiblemente, de la misma manera que descubre cómo hablar cuando pequeño. En un momento simplemente se sabe, como si la solución hubiera estado ahí, sin hacer siquiera el esfuerzo por esconderse.
Me encanta preguntar.
Es mi hobby, mi principal fuente de problemas y satisfacciones, un hambre insaciable que nació, creció y morirá conmigo.
Sólo a título informativo, mi pregunta favorita es: ¿Por qué?
La dulce sensación de la respuesta, la punzante sensación de la respuesta, la reveladora sensación de la respuesta, la oscura sensación de la respuesta... Los infinitos sabores son atrayentes, y en ese turbulento caudal de cuestiones y réplicas, me deslizo gozoso.
Todo cambia cuando se recubre de final.
La décima cereza es rica, pero la última (que puede ser la misma) es más compleja para describir. Porque tiene el gusto de todas las anteriores juntas y el de la nada que la sucederá, perfectamente homogeneizados y aún así perfectamente miscibles.
Eso era lo que tenía de especial mi pregunta. Con la respuesta llegaría el final.
¿Qué se siente al morir?
Y la respuesta es sencillísima.
Se siente.
Y eso es todo.
Describir la sensación de morir sería como caracterizar un color primario, como definir la nada.
Puedo contarles si quieren algunas cosas que se le parecen en una ínfima medida.
Paz, pero no la segunda marca que se consigue en el mundo, la de primera línea, importada del continente celestial. Pequeñez y plenitud, en una inmejorable melange de ambas, con notas de la embriagadora vivencia del éxito.
También puedo contarles lo último que vi. Resulta curioso que lo del túnel con la luz al final sea una verdad irrevocable.
Me sentía elevarme, moverme, con una fuerza extraordinaria e infinita; de la que yo era parte pero no su totalidad.
Y vi al gigante hermoso, dueño de la luz blanca, que habitaba en el finalizar del túnel.
Mi conciencia se llenó de la idea completa de mí mismo y del conocimiento plural de todas y cada una de las almas existentes y por existir.
Y justo cuando todo eso se escapaba, mientras mis pensamientos se desgarraban y desaparecían, alcancé a escuchar con mi último hilo de existencia en este mundo:
- La felicito señora, es un varón hermoso.
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